A muchas personas les resulta familiar la escena: una reunión al aire libre, una noche cálida y, al final del encuentro, una misma persona concentra casi todas las picaduras de mosquitos. El resto apenas nota su presencia.
No importa si se usó repelente o ropa larga. La sensación es clara: los mosquitos parecen tener una preferencia muy marcada. Lejos de ser casualidad, este fenómeno tiene una explicación basada en la biología, la química corporal y ciertos factores ambientales.
La ciencia demuestra que estos insectos se sienten atraídos por compuestos específicos que emitimos naturalmente. El dióxido de carbono exhalado, el ácido láctico del sudor y nuestra temperatura corporal actúan como un radar irresistible para ellos.
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